Más allá de la teoría agustiniana sobre la transmisión del pecado original, existe otro pilar dentro de lo que podríamos llamar su doctrina integral del pecado original: la solidaridad del ser humano con Adán. Esta sostiene que, como cabeza de la raza humana, Adán contenía en sí mismo a todos los seres humanos futuros (excepto Cristo, el segundo Adán, nacido de una virgen), y que sus decisiones determinaron la naturaleza de aquellos que proceden de él. Esta solidaridad, para Agustín, no es meramente un asunto jurídico, como si se tratara de un simple pacto entre Dios y el género humano, en el que Adán, como representante, tuviera el poder de ratificar o quebrantar dicho acuerdo en nombre de todos, sino que es algo más profundo: una realidad ontológica. Así lo expresa con claridad:
«Todos estábamos en ese único hombre, ya que todos éramos ese único hombre que cayó en pecado… Aún no poseíamos formas individualmente creadas y asignadas para vivir en ellas como individuos; pero ya existía la naturaleza seminal de la cual habríamos de ser engendrados… Cuando esta fue corrompida por el pecado… el hombre no pudo nacer del hombre en ninguna otra condición». 1
Esta teoría muestra una convergencia parcial con las ideas platónicas y plotinianas sobre la preexistencia del alma, ya que, en cierto sentido, nuestras almas participan de la vida común del género humano en Adán, antes de animar nuestros cuerpos particulares. Sin embargo, es igualmente claro que Agustín no asume estas ideas en su forma original, y más bien rechaza de manera contundente las concepciones platónicas estándar sobre la preexistencia del alma. Así lo deja explícito:
«¿Volveremos tal vez aquí a una opinión reprobada y desechada, según la cual las almas, después de haber pecado en la morada celestial, vienen poco a poco por grados a ocupar los cuerpos que ellas han merecido, para ser más o menos afligidas con castigos corporales según los méritos de la vida pasada? Esta opinión contradice muy abiertamente la Sagrada Escritura»2
No obstante, Agustín nunca explica con precisión cómo todos existíamos y actuábamos en Adán, dejando el asunto envuelto en misterio y apelando más bien a la fe en las afirmaciones de la Sagrada Escritura. Así, es difícil decir mucho más sobre sus concepciones respecto a la solidaridad original, más allá de lo que él mismo afirma:
«Algún tipo de poder invisible e intangible reside en los secretos de la naturaleza, donde se ocultan las leyes naturales de la propagación, y por causa de este poder, tantos como iban a poder ser engendrados a partir de ese único hombre por la sucesión de generaciones, ciertamente no se dice falsamente que estaban en los lomos del padre. Estaban allí… aunque sin saberlo ni quererlo, porque aún no existían como personas que pudieran haber conocido y querido tal cosa».3
Esta convicción parece estar reforzada por el hecho de que la solidaridad humana era un supuesto compartido por muchos de sus contemporáneos. Agustín, por tanto, no se detiene en elaborar los detalles metafísicos de esta idea, sino que la afirma con decisión: todos los seres humanos concebidos por generación natural participan del pecado de Adán y sufren sus consecuencias. Para él, nuestra solidaridad en el pecado no es meramente jurídica ni simbólica, sino ontológica. Antes de que pudiéramos ejercer la voluntad o realizar actos propios, ya habíamos sido heridos en el primer Adán y constituidos como pecadores.
«Todos los hombres deben entenderse como pecadores en aquel primer “hombre”, porque todos estaban en él cuando pecó». 4


Una respuesta a «Solidaridad con Adán: «Todos éramos ese único hombre que cayó en pecado»»
Me parece excelente este artículo y más hoy en día en dónde muchos “filósofos-teologos” intentan negar el pecado original, lo que aquí se expone más específicamente como un pilar dentro solidaridad del ser humano en Adán es nuevo para mí y me parece muy acertado.