Las raíces agustinianas de la Reforma (7): por qué abolir algunas ceremonias

El conocido Libro de Oración Común (edición de 1552) comienza con un apartado sobre «por qué algunas ceremonias son abolidas y otras retenidas», para justificar así los importantes cambios de ceremonias con respecto a su anterior edición de 1549. En este apartado se reconoce que hay ceremonias que, aunque ingeniadas por hombres, son provechosas para el orden, el decoro y la edificación de la Iglesia, según lo que enseña el apóstol Pablo en su primera carta a los corintios (cap. 14). No obstante, estas mismas ceremonias, que en sí mismas son útiles para la Iglesia, podrían convertirse en una carga para ella si se excede más de lo conveniente su número. Este exceso ceremonial era una de las razones para abolir varias de ellas, ya que esta ‘sobra’ de ceremonias traía consigo un agravamiento sobre la Iglesia, poniendo así una carga insoportable sobre ella y haciendo que dichas ceremonias fuesen más inútiles que útiles: «Algunas son eliminadas porque el gran exceso y la multitud de ellas han aumentado tanto en estos últimos tiempos que la carga de ellas era intolerable»1.

De forma interesante, los revisores de esta edición del Libro de Oración Común, entres los que se encontraba el reformador Pedro Mártir Vermigli, recurren a la autoridad de san Agustín para establecer esta razón de abolición:

«San Agustín, en su tiempo, se quejó de que las ceremonias habían incrementado en tal número que el estado del pueblo cristiano estaba en peor situación (en lo que respecta a ese asunto) que los judíos. Y aconsejó que semejante yugo y carga fuesen eliminados, según el tiempo permitiera hacerlo quietamente».

Las palabras de Agustín que se referencian aquí son textualmente las siguientes:

«Todas esas cosas que no están contenidas en la autoridad de las santas Escrituras, ni están establecidas en los concilios de los obispos, ni están confirmadas con la costumbre de la Iglesia universal, sino que admiten innumerables variaciones, según los diversos movimientos de los diversos países, creo que lo mejor sería suprimirlas mientras se pueda, porque casi nunca o nunca se puede averiguar la causa que ha movido a los hombres a instituirlas. No puede deducirse que vayan contra la fe, pero abruman con cargas serviles la misma religión, que la misericordia de Dios proclamó libre con sólo unos pocos y manifiestos sacramentos rituales. Más tolerable sería la condición de los judíos; aunque éstos no conocieron el tiempo de la libertad, por lo menos se sometieron tan sólo a las cargas legales, no a las presunciones humanas»2.

Aún más interesante, estas palabras de Agustín también son referenciadas por Juan Calvino en su Institutio3, y el Libro de Oración Común hace una pregunta retórica que es similar a la hecha por el reformador francés: «¿Qué habría dicho San Agustín si hubiera visto las ceremonias de los últimos tiempos utilizadas entre nosotros?». La respuesta obviamente sería que el obispo de Hipona se hubiese quejado de dichas ceremonias, por lo que también hubiese justificado y promovido su abolición.

Notas

  1. The Book of Common Prayer of King Edward VI, 1552 (London: Griffith, Farran, Browne, 2007), pág. 8.
  2. Carta 55, 19.35 [BAC 8].
  3. Véase el artículo Las raíces agustinianas de la Reforma (3): las tradiciones eclesiásticas.

— Fin del Artículo, Pax.

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