28 de agosto: conmemoración de la muerte de Agustín

En esta fecha (28 de agosto) del año 430 murió Agustín en Hipona, y queremos conmemorar su muerte compartiendo con nuestros lectores lo que cuenta su discípulo Posidio, en su Vida de Agustín (XXXI, BAC), acerca de su muerte y sepultura. Lo presentado aquí pertenece al campo de la hagiografía, un genero literario que trata sobre la narración de la vida de santos para la edificación de los creyentes. Aunque los protestantes rechazamos la celebración supersticiosa de fechas de santos, creemos que puede ser útil la conmemoración piadosa de ellas, como explica la Segunda Confesión Helvética (art. 24 [1566]): «Concedemos que no es inútil en fechas determinadas y en lugar apropiado recordar al pueblo, mediante piadosos sermones, que piense en los santos, presentándolos como ejemplo y modelo». Sin más, anexo lo que nos cuenta Posidio sobre las últimas horas del peregrinaje del santo Agustín:

Aquel santo tuvo una larga vida, concedida por divina dispen­sación para prosperidad y dicha de la Iglesia; pues vivió setenta y seis años, siendo sacerdote y obispo durante casi cuarenta. En conversación familiar solía decirnos que, después del bautismo, aun los más calificados cristianos y sacerdotes deben hacer digna y conveniente penitencia antes de partir de este mundo. Así lo hizo él en su última enfermedad de que murió, porque mandó copiar para sí los salmos de David que llaman de la penitencia, los cuales son muy pocos, y poniendo los cuadernos en la pared ante los ojos, día y noche, el santo enfermo los miraba y leía, llorando copiosamente; y para que nadie lo distrajera de su ocupación, unos diez días antes de morir, nos pidió en nuestra pre­sencia que nadie entrase a verle fuera de las horas en que lo visitaban los médicos o se le llevaba la refección. Se cumplió su deseo, y todo aquel tiempo lo dedicaba a la plegaria. Hasta su postrera enfermedad predicó ininterrumpidamente la palabra de Dios en la iglesia con alegría y fortaleza, con mente lúcida y sano consejo. Y al fin, conservando íntegros los miembros cor­porales, sin perder ni la vista ni el oído, asistido de nosotros, que lo veíamos y orábamos con él, se durmió con sus padres, disfru­tando aún de buena vejez. Asistimos nosotros al sacrificio ofrecido a Dios por la deposición de su cuerpo y fue sepultado. No hizo ningún testamento, porque, como pobre de Dios, nada tenía que dejar. Mirando a los venideros, mandaba siempre que se guar­dasen con esmero toda la biblioteca de la Iglesia y los códices antiguos. Los bienes que poseía la Iglesia en propiedades u orna­mentos, todo lo encomendó a la fidelidad del presbítero que llevaba el cuidado de su casa. En su vida y en su muerte trató con atención a sus parientes, religiosos o seglares; y si era nece­sario, de lo sobrante, como a los demás, les proveía, no para enriquecerlos, sino para que no padeciesen necesidad o para aliviarla. Dejó a la Iglesia clero suficientísimo y monasterios llenos de religiosos y religiosas, con su debida organización, su biblioteca provista de sus libros y tratados y de otros santos; y en ellos se re­fleja la grandeza singular de este hombre dado por Dios a la Iglesia, y allí los fieles lo encuentran inmortal y vivo. Según esto, puede aplicarse a él el pensamiento que un poeta profano encerró en un epigrama para que después de la muerte lo grabaran en túmulo alto y público: ‘¿Deseas conocer, ¡oh viajero!, que el poeta vive después de muerto? Hablo lo que estás leyendo, porque tu voz es la mía’.

— Fin del Artículo, Pax.

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