Las raíces agustinianas de la Reforma (3): las tradiciones eclesiásticas

En su breve tratado titulado La Necesidad de Reformar la Iglesia, Juan Calvino lamenta la «carga de tradiciones humanas» que la Iglesia imponía sobre los fieles en sus días. En respuesta a sus «jueces» (los prelados romanistas), que acusaban a los Reformadores de «libertinaje carnal» por derogar las ya innumerables tradiciones, Calvino argumenta que de esto mismo se lamentó Agustín en su tiempo, cuando «las demandas rigurosas» eran significativamente menores. Sus palabras son las siguientes:

Hay una queja bien conocida de San Agustín que la considera [a la carga de tradiciones humanas] como la calamidad de sus tiempos: que la Iglesia (que Dios, en su misericordia, deseaba que fuese libre) aún en ese entonces estaba tan sobrecargada, que la condición de los judíos era más tolerable (Epístola 2, ad Januarium). Es probable que desde ese período su número haya aumentado casi diez veces más. Las demandas rigurosas de ellas han aumentado mucho más. ¿Qué pues, si ese santo varón ahora resucitase y percibiese la multitud innumerable de leyes bajo las cuales conciencias miserables gimen oprimidas? Y ¿qué si, por otro lado, él viese la severidad que se impone para que sea cumplidas?1.

Las palabras de Agustín (parafraseadas por Calvino) se encuentran así en una carta dirigida a Jenaro:

Lamento que se descuiden muchas cosas que están preceptuadas para nuestra salvación en los divinos libros, y entretanto todo esté tan lleno de presunciones, que quien toca la tierra con el pie desnudo en el día de la octava de su bautismo, es reprendido más ásperamente que el que sepulta su razón en una borrachera. Todas esas cosas que no están contenidas en la autoridad de las santas Escrituras, ni están establecidas en los concilios de los obispos, ni están confirmadas con la costumbre de la Iglesia universal, sino que admiten innumerables variaciones, según los diversos movimientos de los diversos países, creo que lo mejor sería suprimirlas mientras se pueda, porque casi nunca o nunca se puede averiguar la causa que ha movido a los hombres a instituirlas. No puede deducirse que vayan contra la fe, pero abruman con cargas serviles la misma religión, que la misericordia de Dios proclamó libre con sólo unos pocos y manifiestos sacramentos ritualesMás tolerable sería la condición de los judíos; aunque éstos no conocieron el tiempo de la libertad, por lo menos se sometieron tan sólo a las cargas legales, no a las presunciones humanas. Claro es que la Iglesia de Dios, establecida entre tanta paja y tanta cizaña, tolera muchas cosas, contentándose con no aprobar, ni permitir, ni ejecutar las que van contra la fe o la moralidad (Carta 55, 19.35 [BAC 8]).

Aunque Agustín aquí se queja de la carga de ciertas tradiciones, él no se opone a toda tradición. En una carta previa al mismo Jenaro, Agustín dice lo siguiente:

Todo lo que observamos por tradición, aunque no se halle escrito; todo lo que observa la Iglesia en todo el orbe, se sobreentiende que se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles o de los concilios plenarios, cuya autoridad es indiscutible en la Iglesia. Por ejemplo, la pasión del Señor, su resurrección, ascensión a los cielos y venida del Espíritu Santo desde el cielo, se celebran solemnemente cada año. Lo mismo diremos de cualquier otra práctica semejante que se observe en toda la Iglesia universal (Carta 54, 1 [BAC 8]).

Agustín aceptaba las tradiciones de la iglesia universal, entre las cuales menciona las festividades cristianas como la pascua y el pentecostés. En cambio, en el pasaje citado por Calvino, Agustín rechaza muchas de las tradiciones de las distintas iglesias locales, las cuales en su tiempo eran numerosas y hasta ridículas. No obstante, el uso de Calvino de Agustín sigue siendo valido. Si Agustín rechazaba en su tiempo las numerosas y ridículas tradiciones locales que eran una carga para los creyentes, con seguridad rechazaría también las numerosas y ridículas tradiciones que había en tiempos de Calvino, aunque estas fuesen admitidas universalmente. Al final, el punto no es tanto si son universales o locales, sino si son útiles para la edificación de la fe de los fieles, o si más bien están oprimiendo esa fe. Para Calvino, sin duda muchas de las tradiciones de su tiempo eran cargas pesadas, ya fuesen universales o locales, por lo que encuentra en Agustín un respaldo para su abolición.

Notas:

  1. Juan Calvino, La necesidad de reformar la Iglesia, sección 2, p. 63 (Publicaciones Faro de Gracia)

— Fin del Artículo, Pax.

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