Un llamado a los traductores cristianos

En los últimos meses he observado un mayor interés por la traducción de literatura cristiana clásica por parte de personas que, descubriendo un nuevo mundo teológico, quieren que todos, así como ellos, tengan acceso a ese mundo. Esta intención me parece noble; no obstante, creo que la forma en que se están llevando a cabo estos proyectos de traducción es impaciente y un tanto torpe y soberbia. Por esta razón presento aquí un llamado correctivo a los traductores cristianos. Aunque bien podríamos hablar de un llamado correctivo a las editoriales cristianas.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Agustín? Bueno, Agustín, en su tiempo, tuvo que lidiar con un gran número de traductores que, teniendo algún conocimiento del griego y latín, emprendían osadamente la tarea de traducir la Sagrada Escritura (Cf. Sobre la Doctrina Cristiana 2,11,16). De ellos también habla así en una carta a Jerónimo:

Anhelo tu traducción de los setenta para que podamos suprimir en lo posible la turba de los traductores latinos, pues un cualquiera se ha atrevido aquí a traducir (Carta 82,5 35).

Esto preocupaba igualmente a Jerónimo, quien en una carta a Dámaso, obispo de Roma, le suplicó que interviniera de manera especial, considerando los peligros de un gran número de traducciones deficientes y erróneas. Tanto la preocupación de Jerónimo como la de Agustín era, con toda razón, que una mala traducción del texto bíblico llevará a una mala interpretación del mismo.

Obviamente a todos nos preocupa que la traducción de la Palabra de Dios sea fiel a los más antiguos manuscritos, y todos estamos conscientes de los peligros de una mala traducción de la Biblia. Sin embargo, en los círculos cristianos en Latinoamérica, esta preocupación y conciencia no parece extenderse a aquellos libros que hablan sobre la Biblia, y que de forma positiva o negativa influencian nuestra interpretación del texto sagrado. Observo que cada día son más las editoriales que publican nuevos libros de un alto nivel teológico en tiempo récord y con equipos de trabajo de dudosa experiencia y capacitación teológica. Además, lanzan estos libros al mercado como si de vender pan se tratara, sin ofrecer el contexto y las herramientas teológicas y filosóficas que el público necesita para adentrarse en ellos.

Esto no es un llamado a que dejemos de traducir, sino a ser sabios; es decir, a que escojamos con discernimiento el material a traducir, según las necesidades, limitaciones y exigencias de nuestro contexto latinoamericano. Es también un llamado a ser pacientes. Es mucho mejor esperar el tiempo adecuado para traducir esa gran obra teológica, cuando nosotros mismos y el público estemos listos para ella, que traducirla cuando evidentemente nadie lo está. Asimismo, es mucho mejor dedicar el doble de tiempo a la traducción de ese libro tan edificante, con la investigación y revisión necesaria, que traducirlo a la carrera. Por último, es un llamado a ser humildes. Si evidentemente no estamos preparados para la traducción de ese pesado libro, ¿entonces para qué emprender una tarea para la que no estamos capacitados? ¿No es mejor capacitarse y entonces proceder a traducir el libro, independientemente de cuánto estudio nos tome? ¡Ah! Pero es que para hacer esto es necesario reconocer la propia ignorancia e inhabilidad, y esto es algo que desde el Edén odiamos hacer.

En conclusión, esto no es un llamado correctivo a un traductor específico, ni a una editorial específica, sino a un proceder peligroso. Mi fin es generar reflexión. Los peligros son reales. No estamos tratando con cuentos de niños ni con novelas románticas. Estamos trabajando con materiales que tratan sobre lo más sublime, que es Dios, y sobre lo más delicado, que es el alma humana. La necedad, impaciencia y soberbia pueden traer consecuencias muy graves. Analicemos mejor lo que leemos; démonos tiempo para digerirlo, y sigamos a los expertos; entonces sentémonos a traducir con excelencia. Así a largo plazo los frutos serán más abundantes.

— Fin del Artículo, Pax.

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